CASTILLA BAJO LAS MIRADAS ANTROPOLÓGICAS. Honorio M. Velasco. Universidad Nacional de Educac. (18/09/2001)

CULTURA
CASTILLA BAJO LAS MIRADAS ANTROPOLÓGICAS
Honorio M. Velasco. Universidad Nacional de Educación a Distancia

1. Castilla en las discusiones antropológicas
Caro Baroja dijo reiteradamente que la caracterización etnográfica de Castilla (LPE) era difícil. La dificultad no estaba entonces sólo en la ausencia de datos (es decir, no se debía a la carencia de estudios). Entonces no tan eran escasos y desde entonces se han ido incrementando, aunque desde una perspectiva antropológica Castilla nos siga siendo en buena medida desconocida. La dificultad no depende tan sólo en la información disponible sino de la pretensión de caracterización de una entidad territorial , que por un lado parece tener límites difusos y, además, puede ser mucho más heterogénea de lo que se cree.

La cuestión de los límites difusos no se resuelve fácilmente. Si se toma la cuenca del Duero como espacio central de referencia, y pese a la existencia de relieves físicos relativamente marcados, dadas las semejanzas en múltiples rasgos, las continuidades y las vinculaciones históricas, podrían tomarse en consideración al menos cuatro territorios de interpenetración y englobamiento. Al Norte, las montañas y los valles cántabros; al Oeste, el páramo y las montañas leonesas incluyendo los países de Sanabria y La Cabrera; al Nordeste la ribera riojana del Ebro (p.e., L.V. Elías, 1986: defiende como área cultural un espacio que iría desde el Moncayo hasta la Sierra de la Demanda en Burgos) y al Sur las Extremaduras con La Mancha. Hay razones incluso para considerar áreas afines algunos territorios en Álava, en el Bajo Aragón y Valencia, Murcia y Andalucía. Independientemente de las actuales delimitaciones político-administrativas y si se atiende más estrictamente a coincidencia en elementos de lo que se suele llamar cultura material, formas o estilos de la organización social, rituales, literatura popular, etc. (aparte de la lengua, por cierto un elemento de cultura especialmente expansivo) cabría hablar de una Castilla bien amplia, ancha, según recuerda el viejo dicho (“Ancha es Castilla”). Definitivamente la distribución de los elementos culturales no guarda estricta correlación con las delimitaciones territoriales y no cabe esperar de ellos que no sólo se concentren sino que se contengan dentro de límites geográficos o fronteras políticas. Aun más si tales fronteras han sido desde tiempos tan porosas que en buena medida se dirían más bien inexistentes. Ciertamente la cuestión de los límites difusos puede con toda propiedad plantearse a propósito de otras entidades regionales o nacionales y sobre todo de sociedades y culturas auto o hetero identificadas como tales. Pero en todo caso esta cuestión es nuclear dentro del discurso histórico, sociológico e incluso literario sobre Castilla y tal vez habría que asumirla como tal, aun cuando precisamente vaya indisolublemente conexionada a ella la especial reacción de diferencia que parece provocar en distintas entidades territoriales.

Pero además es mucho más heterogénea de lo que se cree. En la gran área de la cuenca del Duero, tres perfiles clásicos se distinguen: la montaña, la ribera y el páramo. Las formas de la vida tradicional en cada uno de ellos son claramente distintas. La subsistencia basada en el pastoreo, en la agricultura de secano o en el regadío conlleva diferencias acusadas. Las poblaciones implicadas en ellas han sido sin embargo interdependientes, lo que no impide que a veces se hayan mostrado como irreconciliables. En la provincia de Ávila, por ejemplo, aun pueden oírse expresiones de estereotipos con las que las gentes del llano denigran a los de las sierras y del mismo modo manifestaciones de desconfianza de éstos respecto a aquellos. (“No hay cuenta con serranos”, “No trates con serranos que pagan con la pellica”, “Gente de montaña, paga en castañas”, “Con gente de montaña no basta maña”). Expresiones similares las usan para distinguirse recíprocamente pastores y agricultores. La percepción de distinción en ocasiones conlleva un restringido uso del término “Castilla”. En los altos de Serrota, por ejemplo, las gentes dicen cuando tienen que ir a los pueblos de La Moraña que “van a Castilla”.

Esos tres perfiles clásicos son en todo caso una simplificación. La variedad de formas de la vida tradicional tiene otros ejes de distinción de poblaciones tanto o más importantes. Para empezar, no puede obviarse la distinción entre la ciudad y el campo, convertidos ambos casi en categorías. Las poblaciones asentadas en unas o en otros son efectivamente interdependientes pero tradicionalmente expresan sus diferencias como si fueran caracteres diametralmente distintos, contrarios por reflejo. Ninguna de las capitales de provincia representa el modelo de gran ciudad, reservado éste para Madrid, pero han sido referencia primera del estilo de vida de la ciudad, el lugar del “mundanal ruido” -que decía Fray Luis de León-, atractivo y a la vez peyorizado por las gentes del campo. Además en Castilla había y hay un número considerable de pequeñas ciudades con un entorno rural de cierta entidad demográfica ( Medina, Benavente, Lerma, Cuéllar, Sigüenza, Piedrahita, Burgo de Osma, etc…) para el que ejercen las funciones de centro de mercado, de administración y de servicios. La identificación de estas pequeñas ciudades con ese su entorno rural podría suponerse prácticamente completa, pero en ocasiones la percepción de diferencia de las gentes de estas pequeñas ciudades respecto a los aldeanos podría ser tan marcada como la que correspondiera a una gran ciudad.

La heterogeneidad en las formas de vida depende además de otros conjuntos de factores entremezclados, ecológicos, medios de subsistencia, procesos de trabajo, tecnología empleada, etc… En Castilla vivieron y viven en relativa proximidad, poblaciones tan distintas como ganaderos de dehesas, pastores transhumantes, carreteros y trajineros, canteros de la piedra, trabajadores de grandes factorías de producción en cadena, mineros trabajando a cielo abierto o en profundidades a 400 metros, resineros, bodegueros, fabricantes de muebles de mimbre, chacineros, etc., etc. Cada una de estas poblaciones se dirían culturas diferenciadas, con ritmos de trabajo-ocio distintos, conformando unidades de producción y de convivencia poco semejantes entre sí, y con saberes y lenguajes tan ricos y complejos que son difícilmente intercomunicables. Estas poblaciones pueden llegar a ser bastante más distintas entre sí que la distinción asumida entre las gentes de montaña y de ribera, o las gentes de ciudad y de campo. En gran medida tales distinciones en los tiempos modernos se han ido reduciendo, o más propiamente han adquirido nuevas formas. Montaña y campiña se parecen hoy más que antes entre otras razones porque a ambas les ha afectado de modo similar dos complejos procesos: la decadencia de las rentas agrícola-ganaderas y la emigración. Campo y ciudad también se han aproximado, las comunicaciones son mucho más frecuentes y fluidas y los movimientos de población entre uno y otra tan habituales que han llegado a ser fundamentales para ambos. La heterogeneidad en las formas de vida está solo en parte mitigada por las condiciones de la vida moderna. Pero en el campo abundan pueblos de reducido tamaño demográfico, habitados por gente envejecida, que recobran una efímera vida intensa un periodo de tiempo limitado durante el verano. Entonces constatan entremezcladas la diferencias entre lo antiguo y lo moderno, la juventud de ayer y la de hoy, la vida en el campo y en la ciudad. Las formas de vida tienen muy distintos modos de contraste. Si como claves de diferenciación han sido menos visibles, tal invisibilidad tal vez haya que tomarla como síntoma.

La antropología ha proporcionado diferentes modos de aproximación. Los esfuerzos de caracterización etnográfica emprendidos por la antropología clásica, como la que practicaba Caro Baroja, tenían varios objetivos: el primero , salvar la continuidad histórica de los pueblos; el segundo, unido al anterior, sortear la continuidad transversal entre las formas culturales de las regiones limítrofes con Castilla. Un largo y viejo debate ha dejado aún indecisa la cuestión del origen y continuidad de las poblaciones asentadas en lo que luego se dio en llamar Castilla. Pese a la transcendencia otorgada a la cuestión de la persistencia de poblaciones “autóctonas” a lo largo de los tiempos antiguos y medievales, o bien la imagen de tierra de nadie que vino a justificar las repoblaciones sistemáticas, no parece que su resolución más razonable camine por otras vías que la de las mezclas constantes entre poblaciones de distintas procedencias y ascendencias. (Posiblemente con algún reducto de población diferenciada de cierta duración -si bien las razones de tal diferenciación aparecen confundidas con la marginalidad-). Aunque en el fondo de algunos planteamientos late otra cuestión de mayor calado, la de proyectar indebidamente en forma de población la entidad que se supone tiene un territorio más o menos diferenciado.

Por otra parte las formas culturales registradas en poblaciones enclavadas en Castilla pueden tener más interés por los usos e incluso por la relativa persistencia que hayan tenido a lo largo del tiempo, que por la caracterización de Castilla que de ellas se pueda configurar. Suponía Caro Baroja que algunas formas culturales como la arquitectura o las técnicas de trabajo podían ser tomadas como indicios de continuidad en el tiempo. Las construcciones rurales y fundamentalmente la casa, que emplean materiales del entorno y que se supone han sido realizadas siguiendo modelos probados por su resistencia y funcionalidad, muestran en su variedad semejanzas con construcciones norteñas (montañas de Santander, País Vasco, región media de Navarra) en las que predomina el empleo de la piedra labrada o con las que abundan en las tierras del Ebro (empleo del ladrillo y barro) y revelan también la influencia de los trabajos moriscos (entramados y voladizos) y se ajustan otras a las mismas pautas de exhibición de estatus con las que las clases pudientes marcaban su distinción en todas partes.

Otros indicios como la tecnología agrícola o las pautas del pastoreo trashumante tampoco ayudan demasiado a una caracterización. Uno de ellos se ofreció en su momento casi como paradigmático. Es el caso del llamado “arado castellano”, si bien en Castilla suele llarmársele “arado romano”, aunque hay serias dudas de que así lo fuera pese a la identificación que algunos autores han hecho de este arado con una descripción que aparece en Virgilio (Geórgicas I, 169-175). En 1935 el matrimonio Aitken había establecido tres tipos principales de arados en España, el arado cuadrangular o rectangular con reja enchufada, característico del Norte y Noroeste; el arado radial con reja enchufada, característico de zonas montañosas subcantábricas, pirenaicas y subpirenaicas; el arado dental, de cama curva y reja enchufada con dos variantes, la de dental y cama compuestos y la de dental y cama simple, característico del Sur y Centrooeste; y finalmente el arado cama o castellano de cama curva y reja lanceolada colocada sobre el dental con tres variantes , la de timón compuesto, la de timón simple y la semiradial, en realidad no sólo presente en toda Castilla sino también en Cantabria, parte del País Vasco, parte de Navarra, casi todo Aragón, Cataluña y todo el Levante. Un estudio minucioso del propio Caro Baroja (reproducido en Tecnología popular española, Madrid, Editora Nacional 1983, pp. 509-597) significó una nueva clasificación en cinco tipos: los cuadrangulares o rectangulares, localizados en todo el Norte desde Galicia a los Pirineos; los dentales o mediterráneos, los radiales, los arados de ruedas y los arados de cama curva y reja lanceolada de tipo castellanos. Esta nueva tipología elaborada con un sentido más dinámico implicaba además conexiones evolutivas entre los tipos cuadrangular y dental, y entre los dentales, los radiales, y los castellanos. Siendo estos últimos derivación probable de los anteriores. De todos modos los mapas de distribución muestran mayores concentraciones en determinadas áreas , aunque por ejemplo incluyen la existencia de ejemplares de arados castellanos en Asturias , País Vasco, el Prepirineo aragonés y catalán , y determinadas poblaciones en Castellón, Valencia, Murcia y algunas provincias andaluzas.

Las conclusiones de este estudio sobre los arados revelan pretensiones propias de los estudios de la antropología difusionista. A saber:

1) se pueden establecer áreas de distribución: los mapas confeccionados muestran un gran área central , la del arado cama con reja lanceolada con distintas modalidades, la mas sencilla localizada en el centro mismo , aunque también algo en el Sur, ( que no es difícil dejar de identificar con Castilla), y otras dos, una al Norte y otra al Este y al Noroeste. Se destacan tres áreas más, la del predominio del arado cuadrangular en el Noroeste y Norte, la del arado radial en el Prepirineo extendiéndose hacia el sur de Navarra y del País Vasco y la de los arados dentales en el Sur y Suroeste;

2) una vez establecidas es posible insinuar una conexión del arado con otros rasgos o complejos culturales, con lo que las áreas acaban tomando entidad cultural;

3) se puede destacar así una mayor uniformidad del área central frente al particularismo de las áreas periféricas con varios tipos de arados coexistentes y repartidos en áreas relativamente reducidas.

Se sugiere además como hipótesis que la mayor uniformidad o unidad pueda deberse a : 3.1) ” la expansión de los reinos medievales de Castilla y Aragón”; y 3.2) un tipo de paisaje configurado por tierras , las del arado cama, “que son de una consistencia particular que rechazaba las labores profundas de los grandes arados de ruedas y varios pares de yuntas o de los cuadrangulares de reja fuerte, afirmando además que la introducción en determinados lugares de la meseta de arados modernos y potentes ha producido la casi completa esterilización de los suelos por haberse revuelto la capa fértil con otra pizarrosa”. Y más adelante remacha: ” así como puede hablarse de un mayor particularismo lingüístico de la periferia con relación al centro, también puede hablarse de un mayor particularismo ergológico” (p. 585). Es cierto que Caro Baroja, crítico de muchas cosas fue también crítico de la teoría de la difusión cultural , como se muestra en otros estudios, p.e. el de los molinos, etc, pero las insinuaciones a propósito del “arado castellano” son bastante explícitas. Habría que subrayar además que el rasgo cultural “arado” tomado como elemento prototípico de caracterización se ajusta bastante bien a la tópica caracterización de Castilla como área campesina, tierra de cereales y especialmente del trigo (según marca en Los pueblos de España ). Las insinuaciones han dejado igualmente expresadas las diferencias en términos centro-periferia, uniformidad-particularismos. Y las hipótesis ofrecidas remiten a la expansión de los reinos y a las variables del paisaje (hoy diríamos ecológicas).

El camino aparecía trazado, pero otros rasgos no tan materiales de la cultura no han ayudado tanto como se esperaba a la caracterización de Castilla. Se han mencionado fiestas como la “vaquilla” u otras de las hermandades de mozos, y otras fiestas agrícolas como las corridas de gallos, la maya y los mayos, las fiestas de la cosecha reformuladas como fiestas patronales, con los paloteados o las danzas del ramo, etc. , pero aparecen distribuidas por muchas partes y no contribuyen en nada a la caracterización. Algunas fiestas de San Juan (p.e. en San Pedro Manrique con el paso del fuego y las móndidas; también las mondas en Talavera, etc.) son relevantes, pero estas fiestas casi coincidentes con el solsticio de verano se celebran casi generalmente en todas España y además en otros países de Europa y del Mediterráneo , etc.. El catálogo reseñable de rasgos culturales tales como fiestas y rituales en Castilla puede y debe ser variado. No es fácil justificar como representativo la selección de algunas fiestas y no de otras. Entre los rituales festivos del toro, por ejemplo, son necesariamente destacables las capeas, los encierros, los espantes (Fuentesaúco), el toro enmaromado, el toro júbilo, el toro de vega, …, pero tampoco son discriminativas como para lograr con ellas una caracterización. De las fiestas a Sta. Águeda, por ejemplo, se ha hecho notar su celebración bastante común en distintos pueblos de las provincias de Segovia, Zamora y Salamanca. Las de Zamarramala casi se mencionan inevitablemente, pero también habría que hacerlo con las Cerezo de Arriba, Veganzones, mata del Quintanar, Barbadilla ( todas en la provincia de Segovia), las de Miranda del Castañar, Frades, Mancera de Abajo, Villarino, Sequeros, (en la prov. de Salamanca), las que se celebran en Castronuevo, Andavias, Coreses, en Toro, Fuentesaúco (en la prov. de Zamora), y en Casasola, La Adrada, Aldeavieja, Blascosancho (en la de Ávila), en Bayubas de Abajo, Morón de Almazán (en la Soria), La Parrila, Mucientes (en la de Valladolid), en Riaño y en Valderueda (León), en Abarcón, Cogolludo, en Espinosa de Henares, en Iriepar, en Yélamos de Arriba, en Humanes, en Málaga del Fresno, en Puebla de Beleña, Razbona, Valdenuño Fernández (en la prov. de Guadalajara) , en Rozas de Puerto Real (en la de Madrid), en Campo de Criptana (en la de Ciudad Real ), e igualmente en otras poblaciones: en Vitoria, en Povedilla (Albacete), en Catral (Alicante), en Jérica (Castellón), en Pinarejo (Cuenca), en Beasain, (Guipuzcoa), en Villalba de Alcor (Huelva), en Anzánigo (Huesca), en Caseda (Navarra), en Escatrón, Bardallur, Lagata, Orcajo, Plasencia de Jalón, Torrehermosa (en Aragón) , en Villaro, Rigoitia (en el País Vasco ). Los rituales festivos en estas celebraciones tienen gran variedad, en unos eran y son fiestas de cofradía y en otros de toda la comunidad, en unos se eligen mayordomas, en otros a las mayordomas se les otorga el título de alcaldesas, en otros se producen batallas rituales entre hombres y mujeres, en otros las mismas aguederas vestidas de charro corrían los gallos, en algunos la celebración en realidad se dirige principalmente a la Virgen no a la Santa, en algunos se comían los bollos de la santa , etc. En suma, puede apreciarse una cierta concentración de celebraciones a Sta. Águeda en áreas del centro, (y puede constatarse una muy escasa celebración en Andalucía o en Galicia), pero difícilmente podría concluirse de esta relativa caracterización etnográfica alguna comprensión sobre Castilla. No parece que la distribución de este rasgo hasta cierto punto correlativa a la del arado castellano sea especialmente significativa. Más bien estas fiestas, como los rituales del toro integrados en distintos complejos festivos , como otros muchos rituales, resaltan más como procesos de identidad local que por su representatividad respecto al conjunto.

La idea de caracterización etnográfica intentada por Caro Baroja , en todo caso siempre más loable que la búsqueda inútil del carácter del pueblo castellano (como la del carácter del pueblo español, etc.), ha sido poco a poco abandonada. Esfuerzos más recientes aplicados por ejemplo por Luis Díaz (1997) no han pretendido tanto, y tal vez por eso mismo constituyen una interesante aproximación.

Los estudios de la antropología moderna, sin embargo, han adoptado otro tipo de planteamiento. El concepto de área cultural prácticamente se ha abandonado, pero se pretende el conocimiento de la cultura aún más intensamente. El estudio de los rasgos culturales resultaba frío. Permitían hacer comparaciones, pero era a costa de desprenderlos del contexto. Así que empezó a importar más su articulación y luego también su dinámica en el tiempo. El sujeto social de estudio pasó a ser una pequeña comunidad local (salvo Kenny que ensayó un estudio comparativo entre una población pinariega y un barrio de Madrid) y ya no una entidad territorial globalizada. Becedas, Vinuesa, Bermillo, Torralba, Sta María del Monte, Navas de Oro, Navalguijo, Macotera, etc. han entrado así a formar parte de las referencias antropológicas. Todas estas poblaciones no dejaron de ser situadas en España y en Castilla. Pero en cierto modo no se trataba ya tanto de estudios de Castilla, sino de estudios de grupos humanos en Castilla. El objetivo podría ser incluso formulado como el escudriñamiento de la diversidad de las formas básicas de la convivencia y en particular de esa forma de vida social dentro de contornos espacio-temporales relativamente definidos que reconocemos en las ciencias sociales como “comunidad”. Anderson ha definido las naciones-estados modernas como “comunidades imaginadas”, pero en el fondo toda comunidad es una figuración imaginada porque es percibida (y valorada) como un todo. De esa forma se cumplía el postulado de que el acceso a la comprensión de la cultura requería la captación de un todo. Para la antropología clásica, la cultura era más que nada un conjunto de elementos tales como arados, trajes, danzas, cuentos, creencias, etc. . Pero la antropología moderna descubrió que esos elementos adquirían sentido cuando la etnografía los presentaba integrados junto a los comportamientos e interacciones de las personas o como expresiones de nociones y valores tales como “casa, parentesco, matrimonio, comunidad, reciprocidad, dinero, tierra” (Behar, p.7), y se podría añadir : “trabajo”, “honor”, “vergüenza”, “tradición”, “destino”, “miseria”, “poder”, “gracia”, … Naturalmente que tienen núcleos comunes que invitan a la comparación, pero la madeja de significados de cada una de esas nociones es tan intrincada y engancha con tanta hebras que la trama se torna el objetivo más apreciado de la etnografía.

Como ilustración puede servir el siguiente texto. José María Argüedas (un escritor y antropólogo peruano que vino a España a finales de la década de los cincuenta para estudiar las comunidades con el fin de poder comprender mejor las del Perú) realizó su trabajo de campo en Sayago. Al describir el proceso de trabajo con el “pan” (otra noción cultural), su etnografía va desplazándose de tiempos a personas, de instrumentos a pautas: “El arado -escribe- es idéntico al que manejan los indios en el Perú, el antiquísimo arado al que nosotros llamamos ‘romano’. La única diferencia que observamos consiste en que el gañán no maneja ningún instrumento punzante para excitar a las vacas sino el ramalillo que es una cuerda amarrada a una oreja de la vaca. Tiran de la cuerda para mancar (herir) al animal o para dirigirlo. Tampoco usan guía, que en las comunidades indígenas de Ayacucho es un niño que va delante de la pareja para guiarla. Hay en España un concurso nacional de aradores. Vimos en Bermillo la competencia de selección del partido. Un labrador se presentó con un arado de vertedera tirado por mulas. Este arado produjo revuelo en el campo; todos los participantes y espectadores contemplaron asombrados el arado que veían por primera vez. El dueño era un rico labrador que había emigrado a la Argentina e hizo allí su fortuna; de vuelta compró muchas tierras y las araba él mismo. La competencia se realizó en una gran llanura muy próxima al pueblo. Consistía en competir no en rapidez únicamente , sino en la destreza con que se podían trazar dos surcos rectos y paralelos. Fue ganador un joven de Bermillo que aró con vacas. Los surcos de unos trescientos metros de largo, eran tan rectos que parecían haber sido trazados con teodolito. Los hizo al paso lento de las vacas y dijo haber tomado un punto de referencia en los dos sitios de llegada. Los propios labradores quedaron encantados de la proeza del joven de Bermillo a quien llamaron ‘hijo legítimo de Viriato'” (Arguedas, p. 63-64). Arados, vacas y mulas, trabajo y concurso , ricos y pobres, tradición y cambio, habilidad y orgullo, … aparecen entretejidos en la forma como Arguedas presenta la acción social, es decir, la manera de vivir la cultura en Sayago.

Tal vez se ganará en comprensión con las anotaciones que aparecen al comienzo de su monografía, que como suele ser común , versan sobre la “ubicación geográfica y la historia de Sayago”. Allí escribió: “Causa especial interés y sorpresa comprobar que en la indocta y aun podría afirmar muy ignorante población de campesinos de Sayago, a la cual le sirve muy poco la escuela oficial, el recuerdo de Viriato, héroe máximo de la resistencia peninsular al ejército romano, se mantiene vivo. Todos los labradores afirman rotundamente que Viriato fue sayagués, del pequeño pueblo de Torrefrades… En una de sus calles, … los vecinos muestran con orgullo la casa en que nació y vivió el pastor Viriato antes de que encabezara y dirigiera la legendaria resistencia antirromana. El nombre de Viriato era pronunciado con reverencia y orgullo. Saben los campesinos que él lucho por España contra los ‘extranjeros’; dicen que fue ‘el más grande guerrero que ha existido en el mundo conocido’, aunque no pueden precisar cuando se realizó esa lucha ni contra quienes. ‘Fue en los primeros tiempos de nuestros más antiguos abuelos’, dijo un campesino de La Muga; otro que lo escuchaba afirmó: ‘Quien sabe eso ocurría en esos tiempos en que dicen que los pájaros sabían hablar. Pero él fue nuestro defensor. Dicen que entonces ningún extranjero se atrevió a entrar en Sayago’. (Sigue un excursus sobre la lengua castellana hablada en Sayago: “Aparentemente no hay vestigios de la dominación de los árabes en Sayago, pero su romanización aparece como evidente…en tanto que Sayago se nos presenta como un área culturalmente antigua, en la que sobreviven costumbres verdaderamente arcaicas, especialmente en la economía y la estructura social, no ocurre igual con el lenguaje. El castellano que habla el campesino sayagués tiene escasos arcaísmos… dominadores eximios del castellano más puro que oímos en España.”)… Volviendo al caso del héroe, encontramos que Viriato constituye un elemento que vincula a los pueblos sayagueses y hace que se reconozcan como pertenecientes a una especie de grupo étnico común. Contribuye así mismo a consolidar y dar aliento cotidiano a tal vínculo, el menosprecio con que en la ciudad de Zamora se trata a los sayagueses , un poco como a los indios en las ciudades prósperas y relativamente modernizadas del Perú andino. … Nos falta únicamente agregar que existe una polémica no resuelta acerca del verdadero origen de Viriato, considerado como lusitano por la mayor parte de los historiadores, especialmente los alemanes Hoffman y Scholten, y como celtíbero por Arenas López. Pero los sayagueses tienen la razón mayor de la tradición que hace de Viriato el sayagués más grande y el más grande hombre que ha existido, aunque de veras no fuera sayagués. Al joven bermillano que ganó en la competencia de aradores del partido para seleccionar al representante de Sayago en el concurso provincial donde se competiría el puesto de representante de Zamora al “concurso nacional” que se realiza en Madrid, lo proclamaron “digno hijo de Viriato”. (Arguedas, p. 34-35). El texto deja bien claro cómo se puede ganar en comprensión de la cultura.

Posiblemente una de las nociones culturales de especial sensibilidad en Castilla sea la de “comunidad” y efectivamente se espera que haya sido objeto del análisis antropológico. Es un término de reconocible significación polisémica que alude tanto a configuraciones político-administrativas, p.e., Castilla-León, o Castilla La Mancha como a las viejas comunidades de villa y tierra, esos “cuerpos colectivos compuestos por una ciudad y un número considerable de pueblos y lugares en asociación con el disfrute y aprovechamiento común de vastísimos territorios reconocidos y confirmados por monarcas a los hijos de una comarca”, formadas durante la Reconquista y luego desmanteladas en beneficio de la iglesia y de la aristocracia, según la descripción que utilizó Lecea y García en su libro sobre la comunidad y tierra de Segovia. Alude también a determinados tipos de gobierno reconocibles en forma de concejos, que disfrutaron durante mucho tiempo de gran autonomía, con capacidad de imponer pechos, administrar justicia, etc.. Y “comunidad” alude igualmente a poblaciones con regímenes de propiedad comunal sobre pastos, bosques o tierras de labor que a veces significaban más del 80 % de los términos, (aunque para otras poblaciones el territorio comunal apenas llegaba al 10%), distribuidos por lotes en ocasiones sorteados anualmente entre aquéllos que tuvieran la condición de hijo del pueblo o de vecino, condición que en todo caso solía incluir la de casado, aunque no siempre la de residente.

Ciertamente numerosas poblaciones estuvieron en tiempos encuadradas en alguna comunidad de villa y tierra y no pocas han tenido (algunas las siguen teniendo) propiedades comunales considerables. E incluso otras muchas más han sido comunidades ejercientes y expresadas en y por medio de los concejos. Pero otras muchas poblaciones no estuvieron integradas en comunidades de villa y tierra, ni durante mucho tiempo conocieron otra forma de gobierno que la del señorío , ni disfrutaron de tierras o recursos comunales… No es en estos sentidos el concepto de “comunidad” estrictamente tan generalizable como para detectar a través de él la esencia común e inmutable de los pueblos castellanos.

Y sin embargo muchas poblaciones rurales en Castilla -y no sólo en Castilla sino también en otras partes- podrían ser descritas como comunidades en un sentido más dinámico, más básico, aunque seguramente no exento de ambigüedad. (Y aunque con ello Castilla no apareciera como objetivo de trabajo y no se pretendiera otra cosa que poner a prueba determinados planteamientos de la sociología de Tönies, Durkheim, o de la antropología de Malinowski, Redfield, etc.). Se podría decir y es cierto que el trabajo de campo como ejercicio solitario probablemente condicionaba la elección del objeto de estudio, seleccionando poblaciones rurales de tamaño demográfico reducido, de vida social relativamente autocontenida, y con formas de subsistencia y de organización social no demasiado complejas (aunque siempre lo son). Pero en todo caso nunca se consideraron aisladas.

Algunos de los perfiles de las comunidades parecieran objetivados, por ejemplo, el tamaño demográfico pequeño o los poblamientos concentrados con las casas dispuestas unas junto a otras en un único núcleo. En realidad debieran más bien tomarse como factores intervinientes, aunque no es posible determinar con qué carga. De no pocas poblaciones pequeñas se diría que a pesar de serlo sus habitantes no es que se lleven demasiado bien, no “están bien avenidos”. Aunque tal vez esta recriminación que suele ser formulada como dicterio por parte de pueblos vecinos más bien esté revelando que la comunidad es más un modelo de convivencia que estrictamente un modelo demográfico. Por otra parte no es posible determinar un tamaño ideal, ni está claro el límite máximo de una población para dejar de ser comunidad. A veces pareciera que vale más el contraste entre las categorías de pueblo y ciudad, que la diferencia entre cantidades determinadas de habitantes. Hay otros aspectos más interesantes del tamaño demográfico sugeridos por Tax Freeman en su estudio sobre Torralba. Por un lado, el tamaño de esta población a lo largo del tiempo (al menos desde el s. XVII) ha sido estable. Dadas las técnicas tradicionales y los límites constantes de tierra disponible difícilmente podría haber llegado a un tamaño significativamente mayor. La tenencia de la tierra responde además en este caso a una pauta de distribución de tipos de tierra bastante semejante. El número de unidades domésticas de producción agrícola ha tenido hasta los años setenta algunas fluctuaciones, pero el margen de diferencia es estrecho. Por otro lado, el tamaño demográfico pequeño ha ido asociado a índices relativamente relevantes de exogamia local, aunque en realidad no se trata de exogamia generalizada, sino de la frecuencia de matrimonios entre gentes de distintos pueblos próximos.( En algunas zonas los datos muestran una orientación preferente en la búsqueda de pareja hacia unos pueblos más que hacia otros). Pero el resultado de esta pauta de exogamia no es la acumulación de propiedades , sino más bien una cierta nivelación que conlleva la ausencia relativa de grandes desigualdades sociales.

El segundo aspecto antes reseñado, el de población concentrada, se comprende que resulte gráficamente sugerente. En algunos paisajes, destacan conjuntos de casas apiñadas que parecen indicar una gran densidad de relaciones sociale

By | 2017-07-18T18:20:08+00:00 Julio 11th, 2017|Noticias Antiguas TC|0 Comments

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