Folk castellano.

Hoy quiero compartir con los seguidores de la “Tenada del Común” algunas reflexiones, filtradas por el singular cristal de mi plena subjetividad, sobre el folklore de las gentes y las tierras de Castilla.

Me recuerdo como un adolescente estudioso del BUP (mis hijos preguntarán: papá, ¿qué es eso?) en la segunda mitad de la década de los setenta, cuando la irrupción de la Transición Democrática y de las reivindicaciones de libertades y autonomía en las calles y ciudades de España nos trajeron también a esta tierra aires de jota, de fandango y de seguidilla. No eran las rancias representaciones franquistas de los Coros y Danzas de la Sección Femenina, sino las frescas, pícaras, naturales y contundentes canciones de Nuevo Mester de Juglaría, que nos acercaban a nuestras coplas tradicionales, nos reconciliaban con nuestro Romancero, nos abrían los ojos y los oídos a la historia de los Comuneros, mientras publicaban decenas de discos, daban cientos de conciertos y llenaban a millares las plazas de pueblos y ciudades de ambas mesetas, llevando incluso la añoranza de su tierra a la emigración castellana en Cataluña y el País Vasco, nostálgica de unos pagos que debieron abandonar por causas exclusivamente económicas.

Mientras en aquellos años se nos miraba a los castellanos con desconfianza por los supuestos beneficios que la Dictadura nos deparó, el nuevo Régimen dividió a Castilla, la dotó de autonomías fragmentadas, poco reivindicativas, sin peso político o económico… y aún así, las jotas del Mester nos recordaban que teníamos un pendón morado que agitar, un lugar al que acudir cada 23 de abril, unos héroes a los que honrar, unas canciones que recordar y unos bailes que disfrutar en las plazas de cualquier pueblo de Castilla donde se celebrara una fiesta. Ni los políticos del PSOE o la UCD ávidos de poder pero carentes de sensibilidad castellana, ni los efímeros representantes del PANCAL, ni los intelectuales que corrían presurosos a mendigar las migajas de las pomposas Consejerías de Cultura… nadie se preocupó de Castilla. Pero teníamos al Mester.

Los canarios con los Sabandeños, los aragoneses con Hato de Foces, los vascos con Oskorri, los gallegos con Milladoiro, los andaluces con Jarcha, los catalanes con María del Mar Bonet. Pues también nosotros, los castellanos, teníamos “y tenemos- a Nuevo Mester de Juglaría, que actuó de verdadero embajador de nuestra tierra, de nuestras gentes y de nuestro folklore. Y junto a ellos, cientos de grupos que espontáneamente, algunos de forma muy breve, surgieron como setas en toda nuestra geografía, y con entusiasmo e ilusión investigaron, rescataron, conservaron, crearon y difundieron las canciones, los ritmos, los bailes y el folklore de las comarcas de Castilla, para deleite de sus gentes, honrando a sus mayores y preservando un valiosísimo patrimonio inmaterial para el futuro, ante la más absoluta indiferencia de las instituciones.

Es imposible hacer aquí un tratado de lo que ha supuesto y supone el folk castellano durante estos cuarenta años, así que me limitaré a repasar, desde mi olvidadiza memoria a algunas personas y algunos grupos, reconociendo a otros cientos que, sin ser aquí citados, tienen tanto o más mérito que los que mi recuerdo hace aparecer en estas líneas.

Quiero rendir homenaje en primer lugar a los dulzaineros, que han rehabilitado un instrumento que estuvo en trance de desaparición a finales de los sesenta y que con su habitual presencia en todas nuestras fiestas han dotado de identidad y singularidad a nuestros pueblos, cuando se engalanan para honrar a sus patronos. Escuelas de dulzaina y viejos dulzaineros, están en la raíz de la preservación y del vigor que hoy goza el instrumento musical castellano por antonomasia: la dulzaina.

El Día del Dulzainero en Burgos, el Festival de Dulzaina de Mecerreyes, los Encuentros de Dulzaineros de Urueñas, Medina del Campo, Tordesillas, Saldaña, San Sebastián de los Reyes, Mata de Cuéllar, León, Dueñas, Almazán o Cuenca, o el más joven Festival de Dulzaina “José Mª Silva” en Palencia, son apenas una brizna de la vigorosa hoguera que a día de hoy supone la dulzaina en nuestra tierra.

Hablando del folklore castellano, no puedo dejar de pensar en nuestro desaparecido Alejandro Céspedes, impulsor de la fabricación y de la enseñanza de este instrumento a través de las escuelas de Dulzaina de Burgos y Capiscol. Enamorado también de la recuperación de los sones de las campanas, pero que no pudo conseguir su deseada Escuela de Campaneros en Burgos, tras muchas ediciones de los Concursos Provinciales.

Y de La Musgaña, que con treinta años de existencia, han sabido acercar la música de raíz a una puesta en escena más céltica e innovadora, y a quienes dediqué una cariñosa entrada en este blog.

Nombres inolvidables como CANDEAL, que con sus rabeladas amenizaban cualquier merienda en la bodega, y que ahora atraviesan un complicado momento, JOAQUÍN DÍAZ estudioso riguroso y músico metódico y honesto, al igual que el desaparecido ÁNGEL CARRIL, la familia de Eusebio y Pilar, con la espectacular y didáctica puesta en escena de MAYALDE, el ilustrado trabajo de ORÉGANO o la erudita recopilación de YESCA. Grupos como CIGARRA FOLK, ZAFRA, VANESA MUELA, CANTOLLANO, SURCO, ALMACÁNTARO, ARRABEL, ELISEO PARRA, ALMEZ, ABROJO, MENAYAFOLK, RÍO DE PIEDRAS, ACETRE, etc… que junto con los Grupos de Danzas han divulgado y mantenido la identidad cultural de nuestro folklore, ayudados por su labor de recopilación y creación y por la valiosa aportación de ricos cancioneros como los de Agapito Marazuela, Federico Olmeda o Antonio José.

¿Qué significa hoy el folk castellano?. Pues sencillamente la modesta, humilde, pero valiosísima aportación que nuestro noble pueblo castellano, ni mejor ni peor que otros, hace al conjunto del Patrimonio Cultural de toda la Humanidad. Nuestras danzas, nuestros paloteos, nuestros instrumentos, nuestros cantos, nuestra indumentaria, constituyen un conjunto de enorme valor etnográfico, atesorado y enriquecido durante generaciones, que ha progresado en la medida que ha sabido incorporar un mestizaje enriquecedor abriéndose a las innovaciones que venían de fuera, y que no debe ser una pieza de museo, sino un patrimonio inmaterial vivo en todos y cada uno de nosotros, en todos y cada uno de nuestros pueblos.

En Castilla: ni un pueblo sin fiesta, ni una fiesta sin dulzaina, ni un baile sin jota.

 

Artículo de opinión de Luis marcos publicado en: http://burgosconecta.es/blogs/latenadadelcomun/2015/06/25/folk-castellano/

By | 2017-07-18T18:02:40+00:00 Julio 11th, 2017|Noticias Antiguas PCAS|0 Comments

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