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Castilla nos une

Castilla nos une

EL HECHO NACIONAL CASTELLANO, PASIONES Y ATONÍAS. Antonio Izarra Julio 1998. (24/09/2001)

EL HECHO NACIONAL CASTELLANO, PASIONES Y ATONÍAS
Antonio Izarra Julio 1998

Introducción
Hablar de Castilla a algunos les produce rubor. A los poderosos olvidarse de una realidad milenaria debería llevarles al azoramiento y la vergüenza. A mí me abruma tener que hablar de mi país ante público más preparado y docto en el estudio de lo castellano. Por tanto, el rubor que presente no será por olvido sino por no estar a la altura que Castilla se merece.

Hay realidades nacionales que aunque más o menos discutidas son reconocidas por el público general: Cataluña, Lombardía, Baviera o Quebec como ejemplos de naciones sin estado, son aceptadas como entidades diferenciadas por el común, ya sea o no sensible al hecho nacional. El peor de los jacobinos reconoce que lo bretón, lo occitano o lo vasco es algo más que la resistencia de unos provincianos a someterse a la «grandeur». Lo objetivable, lengua, tradición, marco geográfico, más la suma de voluntades individuales para crear un ser colectivo, permite reconocer grupos humanos. En el contexto español lo gallego, vasco o catalán, y más recientemente Valencia, Andalucía o Canarias ven reconocidas sus respectivas realidades como algo diferente o diferenciado. Los derechos histórico-políticos que cada una de esas entidades merezca ya no es objeto del mismo acuerdo. Considerarlas como naciones, regiones o países provoca no pocas discusiones, controversias y pasiones. Los nacionalistas obviamente reconocerán a su país como nación. Los no nacionalistas no reconocen Cataluña, como ejemplo cercano, su derecho a la autodeterminación, pero no pueden discutir su entidad histórica, la evidencia de su cultura ni la voluntad mayoritaria entre los catalanes de «ser algo». Este simple esquema de aceptación-negación se puede reproducir de modo parecido a otras entidades europeas ya mencionadas como Baviera, Lombardía, Chequia, Vasconia, Gales o Córcega.

La pregunta ahora es obvia por el foro que nos reúne: ¿ y con Castilla qué?. Partiendo del punto de la no existencia de una estructura política o administrativa que la represente si hay algo en lo que coincidirán muchos es que si bien no podemos decir que Castilla no existe, lo contrario, es decir, su existencia, provoca controversias, pasiones descafeinadas, mucha resignación y un arco iris de atonías. Ojalá la visceralidad con la que algunos políticos españoles rechazan las reivindicaciones de algunos pueblos la ejercieran hacia lo castellano. Al menos las referencias a los problemas de nuestro pueblo en los medios dejarían de ser el tópico y meteorológico discurso de «las dos mesetas».

¿Qué es Castilla?

No pretendo recurrir al habitual recorrido histórico que siempre nos coloca a principios del siglo IX en las montañas del norte para explicar la génesis de nuestro país. Para ello, habrá a lo largo de este curso ponentes más preparados. La tentación es grande y a menudo los que nos consideramos castellanistas o al menos preocupados por los problemas de nuestra realidad más cercana caemos en refugiarnos en los tiempos de gesta y épica para olvidar que aparentemente no existe lo castellano en la Europa de finales del siglo XX. En charlas parecidas a esta la narración longitudinal del devenir castellano a lo largo de los doce siglos de historia de nuestro país es casi constante. Por una vez, mi intención es hacer una revisión transversal, es decir, ahora en julio de 1998 tratar de ver qué es Castilla.

Para ello inicialmente recurrimos a la fuente del saber más cercana al común de la calle, la enciclopedia. En el Diccionario enciclopédico Salvat. 1988 en Castilla se puede leer: «Región histórica de España constituida por los territorios que en la actualidad integran los de las comunidades autónomas de Castilla y León, Castilla la Mancha, Cantabria, La Rioja y Madrid.» Si consultamos otras obras las referencias al marco geográfico son más vagas, por ejemplo «meseta central», «centro peninsular». Todas coinciden en que «con el matrimonio de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón la historia de C. se confunde con la de España». Así las referencias a la Castilla «total» acaban el siglo XV. Si consultamos por datos de índole económico, social, demográfico, etc, del territorio castellano estos aparecen referidos a las actuales comunidades autónomas. Así, por ejemplo, es difícil encontrar estudios estadísticos o gráficos referentes al proceso migratorio que Castilla ha sufrido durante este siglo, mientras que para los casos de otras regiones ibéricas las fuentes son abundantes.

A continuación veremos cuál es la presencia del reconocimiento de Castilla en diferentes ámbitos de la vida pública.

Institucional. Como anteriormente se mencionó no existe entidad administrativa alguna que represente a Castilla. Empezando por las comunidades en las que aparece la palabra Castilla, los estatutos de autonomía de Castilla y León (CyL) y Castilla-la Mancha (ClM) no hacen referencia explícita a la existencia de algún ámbito más amplio al de su territorio en el que pudieran enmarcarse. Los estatutos de estas así como los de Madrid, Cantabria y la Rioja (antes de las últimas reformas) hacían referencia a los especiales vínculos de carácter histórico, cultural y de sentimiento que se comparten con territorios vecinos pero sin hacer nunca uso del adjetivo castellano. Podría ser éste el único referente tácito a la existencia de Castilla. Con motivo de la reforma del estatuto de autonomía de Cantabria se ha suprimido esa referencia en lo que parece un intento de aclarar la no-castellanidad de Santander. Por otro lado en los últimos dos años las reuniones casi regulares que mantienen los presidentes de Castilla y León, Madrid y Castilla-laMancha parecen obedecer al reconocimiento práctico de algún mínimo común denominador; las razones oficiales dadas eran los problemas comunes que da el ser vecinos; desde luego la presencia en los medios ha sido cuidada y han estado muy lejos de parecer el intento de formar un bloque autonómico castellano. En la última de estas reuniones el Sr. Ruiz Gallardón se refería a sus homólogos como castellanos en lo que parecía un intento de marcar diferencias.

En los últimos meses otros ejemplos de la pervivencia institucional de Castilla son la creación de secciones específicas para CyL y ClM en los informativos de TeleMadrid o el desarrollo del Camino de la Lengua Castellana en el que se implican poblaciones de la Rioja, Castilla y León y Madrid.

Políticos. Si hacemos un recorrido de mayor a menor los grandes partidos estatales no contemplan la existencia de Castilla restringiendo su actuación a las Comunidades Autónomas (CCAA). En los años 70 algunos partidos de ámbito estatal como el Partido Socialista Popular o el Partido Carlista radicaban teóricamente su actuación en una nacionalidad castellana que comprendía los territorios de los que venimos hablando. La disolución o la práctica extinción de éstos ha limitado el reconocimiento de Castilla a los partidos nacionalistas minoritarios, la Unidad Popular Castellana (UPC) y Tierra Comunera-Partido Nacionalista Castellano (TC-PNC). Ambas organizaciones coinciden en la reivindicación de una Castilla formada por las cinco CCAA y su reconocimiento como nacionalidad histórica. La UPC nació a principios de los 80 y hasta ahora no ha desarrollado actividad institucional; en el espectro político podría ser considerada como de extrema izquierda y se la ha considerado como afín a Herri Batasuna. Tierra Comunera, de fundación más reciente ha participado en las diferentes elecciones; está presente en ayuntamientos, principalmente en la provincia de Burgos; aunque oficialmente no se define, por sus actuaciones y vínculos externos se puede considerar como nacionalista de izquierda. Han existido, existen, nacen y mueren otros grupos nacionalistas y regionalistas que o bien por lo efímero de su existencia o por que su ámbito se limita al provincial se mencionarán de modo más breve.

a) Castellanos viejos: al amparo del pensamiento de Anselmo Carretero el Partido Regionalista Castellano (PREC) y su excisión Unión Castellanista (UC) así como la asociación cultural Comunidad Castellana propugnaban el reconocimiento de la Castilla condal (Santander, Burgos, Logroño, Ávila, Soria, Segovia para el PREC, más algunas comarcas de Guadalajara, Cuenca, Madrid, Valladolid y Palencia para UC). Actualmente existe un grupúsculo del PREC en Burgos ciudad.

b) Regionalistas institucionales: los partidos regionalistas de CyL (URCL), ClM(PRCM), Cantabria (UPCA, PRC, PNC), la Rioja (PR) y Madrid (PRIM) representan el intento de antiguos militantes centristas (UCD, CDS) de aprovechar los nuevos sentimientos creados por la consolidación de las actuales CCAA. En algunos casos son los restos de tránsfugas de AP y el PP (UPCA, PRIM).

c) Leonesismo: paralelamente a los discípulos de A. Carretero hubo un leonesismo histórico representado por el Partido Regionalista del País Leonés (PREPAL) con poca fortuna en sus intentos de entrar en las instituciones. En los últimos seis años a la sombra del algunos «barones» de la derecha tradicional de la provincia de León la Unión del Pueblo Leonés ha recogido relativos éxitos electorales.

Ninguno de estos tres grupos de partidos hace referencia explícita o tácita a un ámbito más amplio que no sea el español.

Mención aparte merece el Partido Nacionalista de Castilla y León (PANCAL) que en la década de los 70 con el referente personal de Claudio Sánchez Albornoz propugnó el reconocimiento de las once provincias del norte (incluidas Santander y Logroño) y hacía referencia a los especiales vínculos con la Castilla del sur. En la actualidad no existe.

En el campo sindical nos existen organizaciones obreras entre las de ámbito estatal que reconozcan el marco castellano. En los últimos dos años la Unión Sindical de Castilla y León (USCAL) y la Solidaridad de Trabajadores Castellanos (cercana a UPC) y ambas radicadas en Salamanca suponen el único germen de un futuro sindicalismo castellano. Lo mismo ocurre entre los sindicatos agrarios y las organizaciones empresariales.

Medios de comunicación. Se ha hecho referencia a TeleMadrid y las recientes secciones informativas. Esta cadena es el único medio con cobertura lo suficientemente amplia como para considerarse «pancastellana». El reconocimiento de lo castellano en otras cadenas de TV se limita estrictamente a los circuitos regionales de TVE (raquíticos en calidad y cantidad si se comparan con los de otros territorios que incluso gozan de TV autonómica) sin referencia alguna a ámbito más amplio que no sea el estatal. La presencia de Castilla en las televisiones privadas es nula sin que ni siquiera haya espacios específicos para las CCAA.

Ya sea en radio o prensa escrita las cadenas y periódicos de las provincias castellanas reflejan el actual mapa institucional de comunidades autónomas. Incluso las presencia de informaciones relativas a la comunidad es mínima comparada con las secciones de información local, estatal o internacional. Habría dos excepciones representadas por «El Norte de Castilla» y «El Mundo de Castilla y León» únicos ejemplos de prensa regional, y siempre estrictamente circunscritos al territorio de esta comunidad. Paralelamente a estos dos periódicos, la agencia de noticias ICAL es la proveedora habitual de noticias «regionales» a diarios locales de menor entidad. En el resto de las comunidades se repite el esquemas de publicaciones locales con escasa presencia de lo «regional», excepción hecha del caso de Madrid.

Es de destacar el proyecto de desarrollo de una cadena de radio radicada en el ámbito castellano que en la década de los 80 nació en torno al intelectual Luis López Álvarez que fracasó tras las polémicas concesiones de frecuencias de FM por el Gobierno del PSOE.

Si comparamos esta situación con la de otros territorios de la península es evidente el papel de los medio «regionales» en la creación de conciencia nacional a través de las cadenas autonómicas de TV y radio y cómo los medios de titularidad privada no son sólo reflejo del sentimiento de comunidad sino que algunos han desempeñado históricamente el papel de gérmenes de la conciencia nacional-regional.

Cultural. No existe actualmente institución cultural alguna de ámbito pancastellano. En las últimas dos décadas diferentes asociaciones de carácter supraprovincial se han preocupado por la defensa de la cultura tradicional castellana aunque exclusivamente los «Concejos Comuneros» nacidos entre los emigrantes castellanos en Cataluña han supuesto la presencia casi testimonial de defender la identidad común de los territorios castellanos. En el campo del folklore y la música tradicional los grupos «Nuevo Mester de Juglaría» y «Candeal» han sido fieles a su «pancastellanismo» en unos años duros en los que la dependencia de las instituciones obligaban a restringir «geográficamente» los repertorios y usar los nombre oficiales de las actuales CCAA. Con varios discos publicados en los últimos años, con un importante prestigio fuera de España, el caso de «La Musgaña» resulta esperanzador en el rescate de la música tradicional de toda Castilla. De reciente aparición es el Foro Castellano, asociación cultural radicada en Salamanca, cercana a la UPC, promotora de actividades de claro color pancastellanista y pionera en la difusión de Castilla en Internet.

Como nota curiosa señalar dentro del campo médico la persistencia de las Sociedades Castellanas de Cardiología y Digestivo que contemplan el territorio de las cinco CCAA,

Religión. Curiosamente en la Iglesia Católica perviven estructuras internas que aunque no exactamente, sí de modo aproximado reconocen incluso con este nombre a la «provincia» de Castilla. Concretamente las órdenes religiosas son las que de modo más cercano contemplan las dos mesetas como una misma división. En ocasiones incluyen territorios vecinos como Vasconia (San Juan de Dios) o Andalucía, y análogamente territorios como Santander o Logroño se ve incluidos en Euskalerría (Claretianos) como ejemplos de ambas situaciones. Existe un sínodo de Castilla integrado por las diócesis del Duero.

Si escrutásemos más fuentes de información o campos de la vida diaria probablemente encontrásemos más datos que señalen que considerar Castilla como el territorio al que hacía referencia la cita enciclopédica no es simplemente la obsesión de un grupo de románticos. Existe, pesar de la feroz política propagandística de las instituciones, en especial los gobiernos autónomos, una realidad cultural y sentimental que algunos pueden considerar amorfa y difícilmente acotable, que une a los habitantes de las comunidades de Castilla y León, Madrid, Cantabria, Castilla-la Mancha y la Rioja. Y a mi modo de ver la mejor forma de llamar a esos ciudadanos por razones de fidelidad histórica, por la evidencia de un marco geográfico común, una articulación económica en el contexto español y europeo idéntica y un mismo modo de participar en la política (por desgracia como figurantes si se me permite la licencia teatral) es con el gentilicio común de castellanos. Y en conclusión, Castilla es o será lo que los diez millones de ciudadanos mencionados quieran.

¿Qué es una nación?

El solapamiento de este concepto con otros términos políticos, geográficos y antropológicos hace posible que exista una importante confusión entre el público general y, a veces por desgracia, entre colectivos que por su formación o responsabilidad deberían entender si no de un modo unívoco, sí al menos con cierto rigor qué es una nación, un estado, un país o una región. Es fácil que surja una duda: ¿esa confusión es fruto del desinterés o más bien interesada?. Posteriormente en las conclusiones se hará una reflexión alrededor de los intereses creados acerca de esta confusión.

Clásicamente se recurre a dos autores para explicar el concepto nación: Stalin y Renan. El primero hizo una definición que sirvió de referencia al marxismo a la hora de enfrentarse al problema nacional entendiendo como «nacionalidad» a un grupo humano con características objetivables de lengua, cultura, etnicidad, historia, radicado en un lugar geográfico. Este modelo no reconoce el protagonismo político de los pueblos. El motor de la historia revolucionaria no está en las naciones o en los colectivos sino en la lucha del proletariado. Éste tendrá en el hecho nacional un mero accidente de forma. Los problemas del trabajador checo, ucraniano o georgiano vienen dados por su naturaleza de proletario y no por su factum nacional. A lo largo de este siglo el marxismo se ha topado con el problema nacional de diferentes modos. La extinta URSS otorgó a los diferentes pueblos que la formaban «pseudoestados» que partiendo de los criterios objetivos «stalinianos» dividió el imperio soviético en infinidad de repúblicas y subrepúblicas de nacionalidades. La evidencia del fracaso es de plena vigencia hoy. A lo largo de este siglo otros ejemplos de la dualidad marxismo-cuestión nacional reflejan esa filosofía que entiende lo nacional como algo objetivable que se debe tener en cuenta a la hora de dividir o regionalizar las administraciones y que rechina y salta por los aires cuando se deja hablar a la voluntad colectiva. Los ejemplo son de todos conocidos. En otros casos la cuestión nacional aparecía como un conflicto coincidente en tiempo y espacio con la «revolución»; el pueblo trabajador de una nación oprimida por un estado capitalista podía aprovechar la lucha de liberación nacional como catalizador que acelerase la revolución liberadora del proletariado. Nación y proletariado tienen en el estado capitalista un enemigo común. De esta relación son ejemplo los movimientos de liberación nacional tras la segunda guerra mundial.

Renan introduce en la definición de nación el factor voluntad. A lo largo del siglo XIX se desarrollaron movimientos nacionalistas (germanismo, irredentismo italiano, paneslavismo) que desde la concepción «objetiva» de pueblo, parecida a la de Stalin, pretendían un estado soberano. Paralelamente, las revoluciones liberales del XIX, con los referentes francés y americano del siglo anterior, sentaron las bases de los sistemas democráticos liberales que actualmente rigen en Europa y Norteamérica. Los conceptos de ciudadano, sufragio, representatividad y soberanía popular nacen amparados en las revoluciones liberales. En esta situación surge la definición de Renan que entiende la nación como un grupo humano cuya principal característica es la «comunidad de voluntad», voluntad de ser un común, de un vivir compartido. Frente al modelo marxista que divide objetivamente al proletariado «accidentalmente» en nacionalidades, el modelo de Renan, liberal, es aditivo en tanto que la nación es la suma de las voluntades individuales en construir un ser común. Los modelos nacionales etnicistas para los que la definición de Stalin es su concreción teórica, negarían el hecho nacional, por ejemplo, a las jóvenes repúblicas americanas carentes de una lengua diferente a la de la metrópoli o características étnicas definidas; o a entidades pluriculturales como Suiza. Sin embargo, la concepción liberal de Renan se ajusta perfectamente a la realidad «amorfa» en lo objetivo de esos colectivos que con su «voluntad de ser» hoy en día son reconocidas sin duda como naciones.

De cualquier modo, la concepción liberal falla como podremos ver al plantearse ciertas cuestiones polémicas: ¿ Hasta qué punto esa voluntad común es consciente o sentida por la mayoría de los miembro del colectivo en cuestión? ¿Qué sucede con los ciudadanos que inmersos en ese colectivo no comparten, son hostiles o incluso mantienen un sentimiento nacional distinto? ¿Pueden existir apátridas que sin profesar sentimiento nacional alguno no tengan un hecho nacional?

Los dos ejemplos clásicos de definición de nación, como se acaba de exponer, rechinan como cualquier intento generalizador de explicar la realidad humana. Probablemente una síntesis de ambos, es decir, atender a lo objetivo y lo subjetivo de los colectivos para definirlos ayudaría no sólo a entender cuáles, cuántos y cómo son los diferentes pueblos del mundo, sino también a afrontar con otro talante los problemas y los conflictos políticos que lo nacional plantea. Si se es capaz de reconocer en el contrario un sentimiento nacional tan legítimo, irracional y sometido a la arbitrariedad como el propio, el diálogo será más fácil. Ahora bien, si lo nacional es dogma, en un modelo fijo que no admite crítica, donde el heterodoxo es traidor, rebelde o provinciano separatista que se equivoca, la tentación a la intolerancia y la violencia es inevitable.

Anteriormente se mencionó la confusión existente con otro conceptos. Tras aclarar que una nación es un grupo humano, un colectivo, será difícil confundirlo con un estado, superestructura que en politología se entiende como el agente autorizado a ejercer la «violencia», la autoridad; región, concepto geográfico, descriptivo, partitivo, que se puede aplicar a la Bureba, región de Castilla, la península Ibérica, región de Europa o al sistema Solar, región del cosmos. Al comienzo de este capítulo se consideraba como interesada la confusión entre esos términos. A los defensores de los estado-nación (binomio semánticamente perverso) les interesa mantener esa situación que lleva a negar el hecho nacional a los pueblos que carecen de estado o nunca han gozado de instituciones propias; valga el ejemplo común entre nuestros paisanos de argumentar la inexistencia del antecedente histórico de un estado vasco para deslegitimar las aspiraciones del nacionalismo vasco. Esa concepción lleva pareja la negación del factor voluntad como germen de la nacionalidad y a considerar al nacionalismo como un error de percepción de la realidad. Así, siguiendo el ejemplo, el vasco que quiere un estado propio está equivocado porque no tiene derecho a tenerlo, mientras que un aragonés sí. Esta confusión debe ser interesada porque difícilmente un demócrata puede defender que las estructuras políticas o la estabilidad de las instituciones pueden importar más que la voluntad de los individuos.

Para acabar, partiendo de los dos modelos teóricos de nación, el concretado por Stalin (que también se podría llamar eslavo) y el de Renan (o liberal) una síntesis de ambos sería la solución ecléctica que menos violente la realidad de los pueblos cuando se intenta definir qué y cuántas naciones hay en el mundo. En conclusión, en el equilibrio de lo objetivo y lo volitivo podemos entender qué es una nación. No existe un esquema uniforme aplicable a todas; no existe un molde único que de forma al hecho nacional de cada pueblo.

¿Es Castilla una nación?

Una aplicación rigurosa y exclusiva de cada una de las definiciones del concepto nación expuestas en el anterior capítulo, probablemente dejaría a algunos ejemplos sin su condición de nación; ya se mencionaron los de Suiza o las repúblicas americanas como realidades poco diferenciables si no se atiende al hecho de la voluntad colectiva como germen de la nacionalidad. Si hacemos el ejercicio ecléctico de sintetizar ambas teorías veremos que existe un continuo en el que se equilibran las características objetivas y las de sentimiento cuando se trata de definir el hecho nacional de los colectivos en cuestión. Pueblos con cultura peculiar, lengua propia o tradición institucional pero con escasa voluntad política (lo de escasa en muchos casos no se evidencia por cuestiones de método o por la imposibilidad estructural de expresar esa voluntad) son sin duda naciones; es el caso de muchas ex-repúblicas soviéticas. En el otro extremo, el caso de los Estados Unidos de Norteamérica es el paradigma de un colectivo humano heterogéneo cultural, lingúística y racialmente que tiene sin embargo una indiscutible «voluntad nacional». Nuestra opinión es que Castilla se encuentra dentro de ese «continuo» y puede por tanto ser considerada como una nación.

Evidenciar una cultura, etnicidad, lengua o marco geográfico castellanos como características de su nacionalidad se topa con la «interesada» confusión entre lo castellano y lo español mantenida por grupos políticos aparentemente opuestos en lo ideológico pero unidos a menudo en el trabajo institucional. Especialmente en los últimos años se intenta asentar la idea de la «cuarta nacionalidad», en referencia a la española, desde algunos sectores de los nacionalismos periféricos asustados por lo que durante los gobiernos del PSOE se conoció como el café para todos. La distinción regiones-nacionalidades que hace la Constitución de 1978 obliga a los sectores mencionados a aglutinar a las «regiones» en una entidad que forzosamente debe llamarse España si es que pretenden preservar su hecho diferencial; naciones sin estado frente a la teórica metrópoli cuyas regiones, carentes de agravios históricos o antecedentes de opresión, no tienen por tanto el derecho a reivindicar las mismas cotas de autogobierno. Si se hiciera la concesión de reconocer ese magma como Castilla esto podría suponer por parte de los nacionalistas periféricos el reconocimiento tácito de su españolidad y la imposibilidad de mantener su status de diferentes y como tal su derecho al «autonomismo asimétrico» (desafortunado concepto político concebido por el Sr. Lucas). Si admitieran la existencia de una nacionalidad castellana debería esta ser reconocida como carente de un estado propio en las mismas condiciones que las suyas y con el mismo derecho al autogobierno. Por otro lado, los partidos de obediencia española, con su visión unitaria de España necesitan obviamente la existencia de una lengua y cultura «españolas» que justifiquen la existencia de España como nación desde una concepción «eslava o staliniana» del hecho nacional.

Una vez hecha esta criba ontológica debería reconocer fácilmente que existe un país de Europa, radicado en la penísula Ibérica, habitado por 10 millones de habitantes, con lengua propia (por cierto, compartida con muchos millones de personas), con una tradición milenaria de instituciones propias (gozó de un estado propio la mayor parte de su historia) que lo caracterizan como un pueblo diferenciado dentro de los que a finales del siglo XX podemos distinguir en Europa.

Es sin duda más difícil distinguir razones de sentimiento y voluntad para caracterizar Castilla como nacionalidad. Nuestra teoría se basa en dos puntos:

a) El criterio negativo. En el contexto español, es claro que en las llamadas nacionalidades históricas existe un deseo mayoritario entre sus ciudadanos de ser «nación», la comunidad de voluntad que postulaba Renan. Entre los castellanos de 1998 es difícil adivinar ese sentimiento ya sea en encuestas o por resultados electorales. Puede ser precisamente esa ausencia de voluntad de ser diferentes dentro de un marco institucional compartido con otros que se lo consideran, lo que dé a los castellanos la naturaleza de «la cuarta nacionalidad».

b) Los buenos españoles. Puede chocar apelar al hecho nacional castellano partiendo de que el sentimiento nacional mayoritario entre los castellanos es el español. Es algo parecido a la situación Inglaterra-Gran Bretaña. La «lealtad» al proyecto español puede considerarse como una de las características distintivas de la nacionalidad castellana.

Sería sin dudad más fácilmente defendible la nacionalidad castellana si existiera un nacionalismo castellano pujante. Aunque minoritario y desde luego más débil que el de otros países vecinos es, si se permite la osadía, un criterio más para justificar y afirmar que Castilla es una nación.

De la posibilidad o necesidad de un nacionalismo castellano, precisamente, se tratará a continuación.

En resumen, habida cuenta de la existencia de unas características fácilmente objetivables que a lo largo de la historia permiten reconocer al pueblo castellano como una entidad diferenciada, y visto que existen una conciencia nacional latente podemos concluir que Castilla es una nación.

Nacionalismo

Sin pretender hacer una revisión profunda, para hablar de la posibilidad de la existencia del nacionalismo castellano se hace necesario recordar brevemente qué es el nacionalismo. Si anteriormente se vio que no hay consenso en lo referente a la idea de nación, consecuentemente no lo hay al hablar del nacionalismo. Se entiende por nacionalismo la ideología política que defiende el derecho de las naciones al autogobierno. Está claro que dependiendo de cuál sea la concepción de nación del autor el concepto autogobierno variará.

Desde la concepción «staliniana» de nación se prescinde del papel de la voluntad de los individuos que forman la nación. Así, el autogobierno significará que la nación tenga un estado propio que se identifique en límites geográficos, lengua oficial, raza, religión, etc con los de la nación. Son ejemplos de este modelo los nacionalismos eslavos de los siglos XIX y XX, el nacionalismo vasco en sus inicios o el nacionalismo alemán. Esta concepción del derecho al autogobierno limita peligrosamente con otras ideologías o propuestas que a lo largo de la historia han desenvocado en fenómenos imperialistas: paneslavismo, pangermanismo, etc. En la actualidad es claro ejemplo de este modelo de nacionalismo el propugnado por Milosevic en Serbia. El prescindir de la voluntad de los individuos lleva a imponer el estado-nación a colectivos que públicamente no desean formar parte del mismo. Esos ciudadanos «equivocados» de Kosovo son hoy el ejemplo, desgraciadamente actual, de la falta de reconocimiento al papel de la libre determinación. En la génesis histórica de estos nacionalismos hay que tener en cuenta la situación geopolítica de la Europa central del siglo XIX en la que se desarrolló la lucha de los pueblos sin estado (de etnia eslava y religión ortodoxa en su mayoría) contra los grandes imperios plurinacionales (de cultura alemana y religión católica o protestante). La exaltación de raza y lengua del Romanticismo impregnó definitivamente a este modelo de nacionalismo. Este matiz «racial» es fácilmente reconocible en los albores de los nacionalismos vasco y gallego.

Frente al modelo etnicista de nacionalismo se encuentra el basado en la definición de nación que da Renan. Es el concepto liberal que entiende el nacionalismo como el derecho a la autodeterminación permanente de los pueblos. Autodeterminación significa el decidir cómo y con quién se quiere gobernar una nación. La suma de voluntades manifestadas a través del sufragio será el ejercicio práctico de la nacionalidad. Así, la autodeterminación es la praxis del ser nacional. Este modelo también reconocido por los politólogos como nacionalismo cívico tiene como ejemplos actuales los casos de Quebec, Escocia o Cataluña. Allí los principales partidos nacionalistas (Bloc Quebecoise, Scotish National Party, Convergència i Uniò) tienen en el ejercicio más o menos inmediato a la autodeterminación la principal de sus aspiraciones. En la génesis histórica de estos nacionalismos el componente racial, religioso y lingüístico aunque presente no toma la misma virulencia que en el modelo étnico. Se ve ligado en su nacimiento a las aspiraciones de la burguesía nacional. Precisamente también se ha conocido como nacionalismo burgués.

Ambos modelos implican la aspiración a un estado propio. De este modo, podríamos dar otra definición de nacionalismo como la defensa del derecho de las naciones a un estado. Se diferencian los dos modelos en cómo conseguir el estado y en donde radica la soberanía. Para el modelo «eslavo» la soberanía es atributo de la etnia, mientras que en el modelo cívico reside en la voluntad del pueblo.

Obviamente, estas dos definiciones no dejan de ser abstracciones que no se ajustan exactamente a la realidad. Cada nacionalismo tiene características «etnicistas» y «liberales». Existen ejemplos de nacionalismos cívicos entre pueblos eslavos (Draknovic en Serbia) y en nuestro medio nacionalistas liberales recurren a argumentos raciales ocasionalmente . Quede claro que lo anteriormente expuesto no es más que un intento de disecar superficialmente un fenómeno, que aunque les pese a muchos, sigue plenamente vigente.

A continuación veremos si Castilla puede ser nacionalista.

¿Puede ser Castilla nacionalista?

Si hasta ahora se ha procurado por parte del ponente mantener en la exposición un tono neutro y lejano al apasionamiento, en tercera persona, intentando tratar el hecho nacional castellano sin involucrarse personalmente, la pregunta que encabeza este apartado no permite mantener ese actitud de estudio científico y exige un pronunciamiento claro. Este nace del compromiso con la realidad cercana que tras

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