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Castilla nos une

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PAISAJE Y ARQUITECTURA POPULAR EN LA CONFORMACIÓN DE LA REALIDAD SOCIAL DE CASTILLA. José Luis Sáinz. Universidad de Valladolid. (18/09/2001)

CULTURA
PAISAJE Y ARQUITECTURA POPULAR EN LA CONFORMACIÓN DE LA REALIDAD SOCIAL DE CASTILLA
José Luis Sáinz. Universidad de Valladolid

Introducción
La relación entre el hombre y el paisaje en nuestra región es muy directa. En primer lugar por la labor de transformación del hombre sobre la Naturaleza, a través de un largo proceso de ocupación y cultivo que ha durado siglos. En segundo lugar por medio de la influencia que han tenido las condiciones de nuestro territorio, el clima, la vegetación, sobre las respuestas que el hombre ha ido inventando para satisfacer sus necesida-des. A través de estos dos factores, se ha producido una interrela-ción entre hombre y medio que ha generado una cultura, de la cual un poco puede apreciarse en el paisaje actual. Mucha de esa cultura se está perdiendo ante nuestros ojos, muchas veces ciegos al paso del tiempo, a veces sin darnos cuenta de las demoliciones de edificios antiguos o de la transformación del campo. Otras veces son nuestros propios recuerdos los que nos alertan de la magnitud de las transformacio-nes, sobre edificios, parajes, utensilios y tantas cosas que han desaparecido ya.

El paisaje que se forma en Castilla, tal y como lo podemos estudiar ahora, es el resultado de múltiples procesos que están en la base de nuestra historia. Se trata de un paisaje diseñado, y al mismo tiempo es el resultado de muchos factores.

Cuando ya muy adelantado el siglo XX empezamos a comprender que estamos destruyendo el paisaje tradicional, que nuestros pueblos y ciudades están cambiando su fisonomía de forma radical, es cuando nos damos cuenta que teníamos un paisaje valorado por poetas y místicos, y que hemos perdido. Es entonces cuando nos damos cuenta que debemos diseñar el paisaje, de modo que se conserve el máximo posible del paisaje tradicional y, en el caso de que esto no sea posible, que al menos el nuevo paisaje que estamos realizando sea lo más respetuoso posible con el medio. La transformación que nuestro espacio ha experimentado en los últimos años es extraordinaria. Hay que considerar que en nuestros pueblos todavía podemos hablar con muchas personas que de jóvenes iban a por agua a la fuente, que llevaban la comida a los segadores en burro, que bailaban en las romerías. Las transformaciones en el medio rural han sido extraordinarias. Esas mismas personas nos pueden dar las claves de la disposi-ción del espacio rural y sus transformaciones. La informa-ción que nos dan esas personas nos indica la velocidad prodigiosa de la transformación y de la destrucción de nuestro medio, que ellos mismos han podido ver en el periodo de tiempo de una vida humana.

Los núcleos urbanos

El origen histórico de estos pueblos se encuentra en la Edad Media, en la época en la que se inició la Reconquista y la Repoblación cristiana. Todo el área de Tierra de Campos, como zona que había sido arrasada en los siglos anteriores permaneció vacía y sin población alguna durante varios siglos. La Reconquista, como gran empresa social de los reinos cristianos, posibilitó el empuje de las fronteras hacia el sur y el asentamiento de contingentes de pobladores. Efectivamente, en los siglos XI y XII fueron repoblados estos valles y fue entonces cuando se marcaron las líneas maestras de la urbanización de este territorio. Como consecuencia de las características históricas que determinaron la formación de estos núcleos aparecieron algunos elementos comunes, entre los que sobresalían las condiciones defensivas y la ocupación de las áreas más productivas.

En general se puede apreciar como factor común en todos estos núcleos la utilización de los espacios altos, los oteros o las motas como área preferente de asentamiento. En todos los núcleos sin excepción, las áreas más antiguas se encuentran en zonas elevadas sobre un pequeño montículo. Un análisis un poco detallado de numerosos pueblos castellanos nos indicará la funcionalidad defensiva de su relieve. La iglesia frecuentemente se encuentra emplazada en lo alto de esos lugares. Junto a la iglesia aparecen algunas veces ruinas de otras edificaciones que pudieran ser antiguos castillos.

La presencia de algunos restos de arquitectura defensiva como castillos arruinados -Frias, Castrojeriz, Poza, Villagarcía, Barcial de la Loma, Aguilar de Campoo y el otro Aguilar de Campos, todos los castros y castrillos-, puertas de murallas -Lerma, Medina de Rioseco, Villabrágima, Astudillo-, o la cita de antiguas murallas en el nombre del pueblo -Villamuriel, Muras-, indican la importan-cia de estas piezas defensivas.

Además, es de señalar la profusión de nombres que hacen referencia a la existencia de castillos y zonas amuralladas, aunque éstos ya no existan de forma material. Los Castil, Castrillo, Castroponce, Castro Mayor, Castrobol, Cuesta del Castillo, calle del Castillo, Trascastillo, Torre, Torrecilla y otros nombres similares señalan la antigua presencia de edificaciones de tipo defensivo que acompañaban a los asentamien-tos. Sin embargo, es posible rastrear en los planos actuales espacios en los que se encontraban estas edificacio-nes defensivas. De las mismas ya sólo queda una calle en círculo o un espacio vacío, como testimonio de su existencia o los documentos y las memorias históricas que acreditan su pasada existencia. En otros casos todavía podemos admirar su potencia, como es el caso de la Torre de Doña Urraca en Covarrubias.

El factor agua: ríos, arroyos y lagunas

Paralelamente, el otro aspecto común es el agua, es decir la presencia de cursos de agua, ríos y arroyos, lagunas, fuentes y más tardíamente pozos para la obtención de agua potable. La presencia también de tierras productivas y fértiles era un aliciente para los nuevos pobladores.

El agua es uno de los elementos que más ha modelado la forma de los núcleos rurales de Castilla. Numerosos pueblos se encuen-tran a las orillas de cursos de agua, aprovechando las corrientes de agua que hay en la zona. Duero, Pisuerga, Arlanza, Arlanzón, determinan áreas húmedas, con mejores condiciones para los cultivos, que son utilizadas por los agricul-tores de la época. Los pueblos con nombres de Arroyo, del Agua, Molina, señalan la singularidad de una corriente de agua o la importancia de su uso en la vida de entonces. Por otro lado las corrientes de agua se empleaban, ya desde los inicios de la Edad Media, para la construc-ción de molinos harineros. Toda Castilla estaba plagada de ellos . Al mismo tiempo es menester citar la abundancia de manantiales, que rodeaban a los pueblos. Como ejemplo valga el de Gordaliza, que tenía «diferentes manantiales; pero el vecindario se surte de la fuente de la Alameda» .

Las lagunas también fueron importantes en la elección de los asentamientos, a causa de la abundancia de caza que representaría un enclave de ese tipo y la pesca que proporcionaba a sus habitan-tes. En Tierra de Campos las lagunas eran numerosas, en función de la planitud del territorio y la impermea-bilidad de la arcilla que forma la tierra. Esta abundancia de agua daba lugar a abundante pesca, valga como por ejemplo lo referido por el Madoz para numerosos pueblos. Los ejemplos próximos del reino de León, de Paredes de Nava, con su gran laguna desecada en el siglo pasado, o las actuales lagunas de Villafáfila nos dan una idea de la importancia del agua en los asentamientos primitivos.

En contraste con la abundancia de agua que debía existir en la Edad Media, hoy día la mayor parte de los cursos han desaparecido, así como la casi totalidad de las lagunas y charcas. La desaparición del agua es quizás uno de los factores más claros de la transforma-ción del medio. Primero fueron las lagunas y las charcas las más amenazadas. Desde mediados de siglo, y en aras de la obtención de condiciones de vida más saludables, las lagunas fueron desecadas una tras otra, hasta su desaparición completa. En algunos casos las antiguas lagunas se han convertido en zonas de deporte o en plazas públicas, al ser el lugar donde se tiraba la basura y los escombros.

Por otro lado, la sobreexplotación de las aguas subterráneas por medio de las potentes bombas sumergibles ha secado en las últimas décadas las tradicionales capas freáticas que alimentaban a las fuentes. La ampliación de las áreas de cultivos de regadío, que ha alcanzado por medios mecánicos a las extensas áreas de secano, ha agotado las fuentes y los manantiales tradicionales. En numerosos pueblos, en los que se constata la presencia de caños o fuentes de importancia urbana innegable, estos han desaparecido desde hace bastantes años. La importancia de estos caños y fuentes urbanas se encuentra testimoniado por medio de lavaderos y abrevaderos públicos, nombres de calles que hacen referencia a la antigua presencia de agua y a nombres de pagos próximos al núcleo.

Las instituciones

La población que se asentó en estos pueblos estaba organizada esencialmente por una institución, la iglesia católica, que se oponía a los musulma-nes en la lucha por el territorio. La argamasa ideológi-ca de esta tarea de colonización, la suministradora del ímpetu que proporcionaba la fe, estaba suministrada por la iglesia. Testimonio de esta labor es la presencia de templos en todos los pueblos en las zonas más altas y preeminentes. La iglesia congrega-ba a todos los vecinos en torno suyo y como correspondencia de esta relación, en los planos de los pueblos se aprecia la presencia central de los templos. En estas iglesias es común encontrar siempre los mismos santos, especialmente San Pelayo y San Miguel, que se encuentran también en parroquias de esta época en León y Castilla.

Junto a las iglesias parroquiales, situadas en el centro de todos los pueblos, había otra fórmula de gran éxito social: los monaste-rios. En Castilla hay numerosas huellas de la existencia de antiguos monasterios, especialmente utilizados como sistema organizativo por el clero y la realeza. Tal es el caso del monasterio de Oña, el de Cardeña, o el de San Quirce, en Burgos. Los monasterios cambian enormemente a lo largo del tiempo, de modo que hay una gran distancia entre los primeros monasterios burgale-ses y los últimos vallisoletanos, pues se recorre un camino que es en primer lugar de evolución de la religión, pero también hay una transformación de las relaciones del hombre y la comunidad religiosa con el territorio. Se pasa del monasterio benedictino al cisterciense.

Es difícil separar nuestro paisaje rural de la imagen caracte-rística de nuestros pueblos en la que destaca una enorme iglesia sobre un humilde caserío. En ciudades como Burgos, Valladolid, Segovia, Avila, la relación de dominio entre la iglesia y el caserío se mantiene hasta finales del siglo pasado, cuando en las primeras fotos que se conocen de estas ciudades ya se ven las chimeneas de las primeras industrias compitiendo con las agujas y los campanarios de las iglesias. Por el contrario, en nuestros pueblos es perfectamente observable todavía el imponente dominio de los grandes templos del siglo XVI sobre un caserío muchas veces arruinado. Un ejemplo entre otros lo ofrece el conjunto de los pueblos de Amusco, Frómista, Santoyo, Piña de Campos, en el vasto valle que dibuja el Pisuerga en la provincia de Palencia. Estos núcleos se encuentran en una gran llanura que riega el río y son identifi-cables los días claros por el tamaño de sus iglesias, grandes prismas que destacan por su volumen sobre el humilde caserío. Y no solamente su volumen es magnífico. En su interior la comunidad guarda sus tesoros: retablos, esculturas, órganos, pinturas, que maravillan al visitante.

La otra gran institución es la municipal. En la zona los ayunta-mientos son modestos y sus edificios poseen una cierta humildad, si bien son numerosos los pósitos, los graneros y pajares en los que los ayuntamientos guardaban la simiente de los años venideros. Los edificios de los ayuntamientos es frecuente encontrarlos en medio de plazas y otros espacios públicos, como piezas exentas. Se trata de edificios que se construyen con posterioridad a la conformación del pueblo. Un ejemplo magnífico es el de Oña, con el ayuntamiento adosado a la iglesia de San Juan, manifestando la dependencia del poder municipal del poder de la parroquia. La antigüedad de estos pueblos es anterior a la consolidación de la institución municipal.

Los núcleos de fundación

La fundación de núcleos de nueva planta es uno de los capítulos más singulares de la historia de la urbanización durante la Edad Media en Castilla. Los pueblos de fundación castellanos, como Aguilar de Campos y Tordehumos en la provincia de Valladolid, Briviesca y Miranda de Ebro en Burgos poseen caracte-rísticas comunes, una trama de calles rectas y manzanas rectangula-res en una zona llana, frecuen-temente a los pies de un antiguo espacio defensivo y en un paso importante, como un puente. Hay que señalar que de la misma manera que Castilla fundó núcleos, León también lo hizo, como por ejemplo los de Castronuevo y Villafáfila en la provincia de Zamora. La operación de fundar una villa en esta zona semidespo-blada tenía como objetivo atraer a pobladores que colonizasen el territorio y creasen un tejido urbano que afianzase el poder cristiano en un extenso y peligroso área, todavía amenazado por los musulmanes y otros reinos cristianos, como el de León. El poder real concedía importantes beneficios fiscales a los «populatores» y a cambio fijaba la frontera por medio de una cadena de villas en las que cada pueblo era un eslabón. Pero la fundación de nuevas villas comportaba una comprensión del territorio y una intervención en él que nos habla hoy día de la forma como se entendía el terreno.

La forma geométrica de estos pueblos provenía de una cultura entonces en expansión, que se había ensayado con éxito en otras zonas periféricas de Castilla, como en Guipúzcoa. A su vez estas villas eran la continuidad de una experiencia que se estaba llevando a cabo en toda Europa, desde el sur de Inglaterra hasta el sudeste de Francia, desde el este de Alemania hasta la última punta de la frontera cristiana en Castilla.

Tordehumos, Aguilar de Campos, Peñaflor, Villafáfila, Miranda, Briviesca son una mínima expresión de la labor de la realeza a la hora de asentar pobladores en el área, son la punta del iceberg de la labor repobladora, pues muchos núcleos de fundación, con similares franquicias reales, no se realiza-ron con trama regular y por tanto no son identificables claramente en el plano hoy día.

La evolución de estos núcleos

Las condiciones de fundación de estos núcleos se mantuvieron en la mayor parte de los casos. Aun hoy día pueden reconocerse barrios y calles de la Baja Edad Media, en función de las descripciones de documentos de compraventa o de cesiones. Esto ha llevado a pensar que la transformación de estos espacios ha sido muy reducida durante los siglos, de modo que la forma inicial de estos pueblos ha permanecido sin una variación importante hasta finales del siglo pasado.

Sin embargo, es conveniente matizar esta afirmación de su conserva-ción con unas condiciones casi iguales a la de finales de la Edad Media. Los pueblos en su mayoría han crecido hacia las áreas más llanas, abandonando las zonas empinadas o de grandes pendientes, que dificultan el acceso, así como la conservación y construcción de nuevos edificios. Esta tendencia ya era clara a finales de la Edad Media y siguió en la misma dirección durante la época siguiente. En todo caso es muy evidente las mayores dimensiones de calles, manzanas y parcelas de las extensiones posteriores y en general de aquellas áreas que rodean al núcleo inicial y que se construyeron en la Baja Edad Media o en los siglos XVI y XVII.

Las calles

Las calles en estos núcleos están caracterizadas por su anchura, infrecuente en núcleos medievales, y su trazado longitudinal. Estas calles configuran grandes manzanas, normalmente de forma triangular o trapezoidal. Las calles comerciales son una variante especial y poseen en general una caracterización peculiar, con soportales que alojan los usos comerciales y sirven frecuentemente para facilitar el paseo, el encuentro, la charla y la venta de los productos. Frente a las calles centrales destinadas al comercio aparecen las calles de los bordes del pueblo, con una especialización productiva y con anchuras y fachadas muy diferentes por el tránsito de carros y mercancías.

Las tipologías edificatorias

La tipología edificatoria tiene una importancia muy grande en la conformación del tejido urbano. En algunos pueblos podemos observar, en sus viviendas más primitivas, la forma de los orígenes de la vivienda en Castilla. Se trata de una vivienda construida enteramente de piedra, barro y madera, materiales que seguramente se utilizaban también en edificios singulares y en la propia muralla, haciendo uso de los materiales más adecuados que abundaban en las proximi-da-des. Las dimensiones de la vivienda primitiva podría ser en torno a los 4-6 metros por un fondo de 10-12 metros. Esta vivienda tendría una sola planta y un pequeño patio trasero, en el que se guardarían las propiedades de la familia y tal vez el ganado, un cerdo o unas gallinas. Esa es la materia básica de los pueblos castellanos. Sin embargo es observable el aumento del tamaño de la vivienda según se baja hacia el sur de la meseta castellana.

No obstante, una vez ahuyentado el peligro musulmán las viviendas van creciendo en tamaño e incorporan cada vez más las dependencias productivas, que se van complejizando con el desarrollo técnico. En efecto, a los principios defensivos les siguieron las organiza-ciones producti-vas. Al ganar en seguridad el territorio, más terrenos fueron roturados y se hicieron más grandes y más eficaces las explotacio-nes agrarias. La mejora del arado y la incorporación de los animales de labor hace más eficaz el trabajo. Los pueblos castellanos todavía conservan las tipologías edifica-torias producidas por los labrado-res ricos, que incorporaban en la residencia las dependencias agrícolas, como las paneras, las cuadras para los animales de labor y las viviendas de familias de los braceros que la tierra necesitaba.

Sin embargo hay que establecer claramente que la tipología edificatoria ha cambiado sustancial-mente en la actuali-dad. Nuevos sistemas de construcción se empezaron a introducir de forma generalizada desde finales del siglo XIX, arrinconando los procesos constructivos tradicionales. Poco a poco se han cambiado todos los elementos que formaban parte de la casa, las ventanas seguramente no existían como tales en las primeras viviendas, y aun en estos momentos los edificios más primitivos muestran ventanas extremada-mente pequeñas y primitivas, que contrastan con las dimensiones de los edificios de principios de siglo, que exhiben tamaños que rondan 1 metro de anchura por 1,50 metros de altura. La transforma-ción de la fachada es también de importancia, al incorporar elementos como el ladrillo, que poco a poco ha ido haciendo acto de presencia en todas las casas de los pueblos, ganando terreno a la piedra de mampostería o al barro.

La forma geométrica de los edificios desde finales del siglo pasado, sensiblemente cuadrada y con ejes que ordenan sus huecos, la generali-zación de las dos alturas y la ampliación de los tamaños, la generalización del ladrillo industrial, hace que se dé una transformación innegable en el paisaje urbano de estos núcleos.

La organización productiva del espacio doméstico

La organización de la producción se realiza en los patios o en los llamados corrales. La vivienda principal organiza a su alrededor una serie de edificaciones y de espacios que tienen un sentido gracias a las labores agrícolas y a las dependencias en las que está dividida. La trilla, al requerir grandes cantidades de espacio, se realiza en el exterior de los núcleos, en el mismo borde, generando las eras. La guarda de grano y de paja da lugar a los graneros y paneras y a los pajares, en el interior de las parcelas o en áreas de espacio público. Además, la organización del espacio interior de las parcelas está en función de las relaciones entre los amos y los criados, y en función de esto se establece el lugar de la residencia. Así, la residencia de los criados se realiza en un primer periodo en el interior de los corrales, mientras que más adelante aparecerá una estirpe de braceros que venden su fuerza de trabajo a los señores que quieran comprarla. En este último caso su residencia se realiza en áreas diferentes a la residencia de los señores, en espacios exteriores o periféricos al núcleo.

El campo

Durante la Edad Media el área próxima a las ciudades y a los pueblos era bien conocida y estaba totalmente urbanizada y parcelada. Los huertos más próximos pertenecían a los habitantes de las villas y muchos de estos tenían cercas que los definían. Pero las zonas más alejadas eran desconocidas, no tenían propieta-rios y raramente eran transitadas, como no fuera por cazadores o fugitivos. Esas áreas desconocidas estaban compuestas principalmente por bosques en las que abundaba la leña y la caza: el monte. De este modo había un espacio civilizado en torno a las ciudades y pueblos, y luego estaba el espacio descono-cido, bosques impenetra-bles, áreas de gran peligro en el que solo se adentraban los valerosos cazadores, los leñadores, los bandidos o las aterradas familias que huían de las incursiones musulmanas. El actual paisaje de campos roturados sin interrupcio-nes es el resultado de una larga labor de siglos de tala de grandes áreas de bosque, del que todavía quedan algunas manchas. Hoy día casi todo el espacio ha sido ganado para el cultivo. Y en muchos lugares donde el cultivo no es posible por la pobreza de la tierra o su relieve, los árboles fueron arrancados hace muchos años y no volvieron a plantarse. Esa es la seña de identidad de nuestro paisaje: su desolación. Las extensas llanuras castellanas solo lucen su verdor en abril y mayo y se vuelven amarillas y ocres en verano e invierno.

Nuestro paisaje es el resultado de nuestra historia. Y no cabe duda que ésta hay que verla en relación con la ocupación de una tierra muy productiva por un grupo de pobladores hace mil años. Los recursos de esa tierra propiciaron el crecimiento de esa población, hasta su agotamiento. Nuevas técnicas de cultivo permitieron arrancar todavía más recursos y sostener más población. Nuestro paisaje es justamente el resultado final de una explotación completa de esa tierra por una población en continuo crecimiento, hasta el agotamiento completo de sus recursos, hasta convertirla en un erial.

El tamaño de los núcleos

En la actualidad estos núcleos se encuentran en franca decadencia, despoblados o con un nivel importante de despoblamiento. Al envejecimiento de la población se añade la emigración de la población joven, que no ha parado desde los años 60 y 70. Si comparamos el nivel poblacional de esta comarca a finales del siglo XIX y en nuestros días la visión no puede ser más desoladora. Efectivamente, en la mayoría de los pueblos la población actual se ha reducido a la mitad en relación con la que poblaba estos espacios hace 100 años. Estas cifras hay que compararlas con el crecimiento en una nación que a finales del siglo pasado tenía 20 millones de habitantes, y que actualmente alcanza los 47.

El futuro de estos núcleos pasa por su revitalización. Parece imposible que esto sea por medio de la vuelta de los habitantes perdidos. Alguna vez esto ocurre, si bien los habitantes que se fueron jóvenes, habitualmente suelen volver con la edad de la jubilación. Evidentemente no es lo mismo, ni tiene el mismo efecto en el medio, ni en la economía de estos lugares.

Recomendaciones en relación con el paisaje

Toda intervención en los núcleos castellanos exige el respeto de las leyes de su formación. De manera que se puede estable-cer que si se interviene en un área en el que exista una vinculación históri-ca, o bien por estar en zona histórica o por estar próxima a ella, es menester que se respete en su integridad las condiciones de formación de ese espacio. Hasta hace muy poco nuestra sociedad no ha sido consciente del valor del paisaje como patrimonio cultural. Al contrario, ha transformado, ha destruido y construido sin tener conciencia del lugar donde intervenía. Grandes silos, autopistas, tendidos eléctricos, edificios de uso agrícola en los bordes de los pueblos, bloques de viviendas en cascos históricos y otras muchas edificaciones han transformado nuestro paisaje rural y urbano. Es hora de sentarse a pensar qué valor tiene cada área y qué cosas han de ser preservadas y a través de qué métodos.

José Luis Sáinz

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